Los Grimm presentan: La hija de nuestra Señora

Estreno esta nueva categoría, aprovechando el gran éxito que está teniendo el blog (aunque ello se deba principalmente a la reseña de Kung Fu Panda hahaxD). Aquí, encontrarás cuentos que probablemente nunca hayas escuchado porque no son los tradicionales donde al final todo termina con un colorín colorado, o un final feliz. Sin duda, de los que más disfrutarás por su extravagancia son los cuentos de los hermanos Grimm, un par de sujetos que comenzaron a recopilar y reunir cuentos de muchos años de antiguedad. Pero son mejor conocidos por ser los que escribieron las verdaderas historias de las princesas de Disney y los cuentos infantiles como Caperucita Roja (¿sabías por ejemplo que Caperucita, en la versión original de los Grimm, es comida por el lobo?).

Dejo entonces el blabla, para comenzar la primera de las historias titulada La hija de nuestra Señora. Disfrútala.

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En lo profundo de un gran bosque vivían un leñador y su esposa, que tenían un solo hijo, una pequeña niña de tres años. Sin embargo, eran tan pobres que no tenían pan diario, y no sabían cómo hacerle para encontrarle comida a su hija. Una mañana, el leñador se fue cabizbajo a su trabajo en el bosque, y mientras cortaba leña, de repente apareció frente a él una mujer alta y hermosa con una corona de estrellas brillantes en su cabeza, que le dijo: “Soy la Virgen María, madre del niño Jesús. Tú pobre y necesitado, tráeme tu niña, la llevaré conmigo y seré su madre y cuidaré de ella”. El leñador obedeció, trajo a su hija y se la dio a la Virgen María, quien se la llevó al cielo con ella. Ahí, la niña comía bien, disfrutaba de pastelillos azucarados y bebía leche dulce, y sus ropas eran de oro, y los pequeños ángeles jugaban con ella. Cuando cumplió 14 años, la Virgen María la llamó un día y le dijo: “Querida niña, voy a hacer un largo viaje, así que te encargaré las llaves de las trece puertas del cielo. Doce pdebes abrirlas, y la gloría encontrarás en cada una de ellas, pero la treceava puerta, que se abre con estas pequeñas llaves, está prohibido que entres. Tén cuidado de abrirla, o traerás misería a tu vida”. La chica prometió ser obediente y cuando la Virgen María se fue, comenzó a examinar las cerraduras del reino de los cielos. Cada día abrió una de las puertas, hasta que cumplió con las doce. En cada puerta, había un Apóstol sentado en el medio de una gran luz, y ella se llenó de toda esa magnificencia y espléndor, y los pequeños ángeles que siempre la acompañaban se unieron a su felicidad. Pero la puerta prohibida yacía ahí sola, y ella sintió un gran deseo de saber qué podía estar escondido detrás, así que le dijo a los ángeles: “No la abriré ni entraré, sólo quiero asomarme para poder ver un poco a través”. “Oh no”, dijeron los angelitos, “eso sería un pecado. La Virgen María lo ha prohibido, y eso podría sencillamente provocarte infelicidad”. Entonces ella se tranquilizó, pero el deseo en su corazón no se calmó, atormentándola y no dejándola descansar. Cuando los ángeles se fueron, pensó: “Ahora que estoy sola, puedo echar un vistazo. Si lo hago, nadie lo sabrá nunca”. Tomó la llave, la puso en su mano y luego en la cerradura y cuando hizo esto le dio vuelta. Entonces la puerta se abrió y vio a la Trinidad sentada en fuego y esplendor. Se quedó ahí por un rato, y miró todo con asombro; entonces tocó la luz un poco con su dedo y el dedo se volvió dorado. De inmediato, un gran miedo la invadió. Cerró la puerta violentamente y corrió. Su terror no la abandonaría ni la dejaría hacer lo que quería, y su corazón latía continuamente sin cesár; el oro permanecía en su dedo, y no se iría, aunque ella se tallara el dedo y lo lavara una y otra vez.

No pasó mucho para que la Virgen María volviera de su viaje. Llamó a la niña y le pidió las llaves del cielo. Cuando la joven le dio las llaves, la Virgen la miró a los ojos y le dijo: “¿No has abierto la puerta decimotercera?” “No”, contestó. Entonces puso su mano en el corazón de la niña, y sintió cómo latía apuradamente, y supo claramente que había desobedecido su orden de no abrir la puerta. Entonces volvió a preguntarle: “¿Ciertamente, no lo has hecho verdad?” “Si”, dijo la niña, por segunda vez. Entonces le vio el dedo que se había puesto dorado por tocar el fuego del cielo, y comprendió que ella había pecado, preguntándole por tercera vez: “¿No lo has hecho?” “No”, contestó la joven por tercera vez. Entonces la Virgen dijo: “Me has desobedecido, y encima me has mentido, por lo que ya no eres digna de estar en el cielo”.

Entonces la niña cayó en un gran sueño, y cuando despertó se halló en la Tierra, en medio de un desierto. Quiso gritar, pero no pudo emitir ningún sonido. Se levantó y quiso correr, pero donde quiera que ella intentaba hacerlo, era detenida por hilos de espinas que no podía romper. En el desierto donde estaba aprisionada, había un viejo árbol hueco, y ese sería su hogar. Cuando anocheció, se metió al árbol y ahí durmió. Ahí también se protegió de la lluvia y los truenos, pero era una vida miserable, y lloró amargamente al recordar lo feliz que había sido en el cielo y cómo los ángeles jugaban con ella. Raíces y bayas silvestres eran su único alimento, y lo que podía hallar ahí. En el otoño, recogió las nueces caídas y hojas, y las llevó al agujero. Las nueces eran su comida en el invierno, y cuando la nieve y el hielo venían, se cobijaba con las hojas como un pequeño y pobre animal para no congelarse. En poco tiempo sus ropas estaban desgarradas y fue cayéndosele a pedazos. Pronto, no obstante, cuando el sol volvió a brillar y calentar, salió y se sentó enfrente del árbol y su larga cabellera cubría sus lados como una manta. Así se sentó año tras año, sintiendo el dolor y la misería del mundo. Un día, cuando los árboles volvieron a vestirse del verde fresco, el rey de ese lugar se hallaba de cacería en el bosque y seguía a un corzo que había huído en la espesura de esta parte del bosque. Debido a esto, se bajó de su caballo, separó las ramas y se abrió camino con su espada. Cuando por fin llegó al final del camino, se halló a una hermosa joven sentada debajo del árbol; y ella estaba sentada cubierta totalmente con su dorada cabellera que le llegaba gasta los pies. Aún no lo podía creer y la miró sorprendido, entonces le habló: “¿Quién eres? ¿Qué haces sentada aquí en el bosque?” La joven no respondió, porque no podía abrir su boca. El rey continuó: “¿Irías conmigo a mi castillo?” Ella se limitó a asentir con su cabeza. El rey la llevó en sus brazos consigo y cuando llegaron al castillo real la vistió con ropas hermosas, dándole todo lo que necesitaba en abundancia. Aunque ella no podía hablar, era tan hermosa y encantadora que comenzó a enamorarse de ella con todo su corazón, y no pasó mucho para que se casara con ella.

Después de un año más o menos, la reina tuvo un hijo. Entonces la Virgen María se le apareció una noche cuando ella estaba sola en su cama y le dijo “Si dices la verdad y confiesas que abriste la puerta prohibida, abriré tu boca y te devolveré el habla, pero si perseveras en tu pecado y te niegas obstinadamente, me llevaré a tu recién nacido conmigo”. Entonces se le permitió a la reina contestar, pero ella seguía insistente: “No, no abrí la puerta prohibida”, así que la Virgen le arrebató a su bebé de las manos y desapareció. A la mañana siguiente, cuando el niño no fue hallado, se rumoreó entre la gente que la reina era una canibal, y había matado a su propio hijo. Ella se enteró y no pudo decir nada para negarlo, pero el rey no lo creía porque la amaba demasiado.

Cuando un año transcurrió, la reina volvió a tener otro hijo, y de nuevo otra noche la Virgen apareció y le dijo: “Si confiesas que abriste la puerta prohibida, traeré a tu hijo de vuelta y el habla; pero si continúas pecando y te niegas, me llevaré a este otro niño conmigo también”. Entonces la reina volvió a responder: “No, no abrí la puerta prohibida”, y la Virgen le quitó a su bebé y se fue al cielo con él. A la mañana siguiente, cuando este niño también desapareció, la gente exclamó a los cuatro vientos que la reina se lo había comido, y los consejeros del rey demandaron que fuera enjuiciada por ello. El rey, no obstante, la amaba tanto que no creía eso y les dijo a sus consejeros que, bajo pena de muerte, no volvieran a decir nada sobre ello.

Al año siguiente, la reina dio a luz a una hermosa niña, y por tercera vez la Virgen se apareció en medio de la noche y dijo: “Sígueme”. Tomó a la reina de la mano y la llevó al cielo, y le mostró a sus dos hijos mayores, que le sonreían y jugaban entre sí. Cuando la reina se alegró de ver esto, la Virgen María dijo: “¿Tú corazón aún no se arrepiente? Si me dices que abriste la puerta prohibida, te daré de vuelta a tus dos pequeños hijos”. Pero por tercera vez la reina contestó: “No, yo no abrí la puerta prohibida”. Entonces, la Virgen la devolvió a la Tierra y se llevó a su tercer hijo.

A la mañana siguiente, cuando se reportó la desaparición de la pequeña niña, toda la gente exclamó: “La reina es una canibal. Debe ser juzgada”, y el rey ya no pudo contener a sus consejeros. Se llevó a cabo un juicio al cual no pudo responder ni defenderse, así que fue condenada a la hoguera. Trajeron madera y cuando fue amarrada a los palos, y el fuego comenzó a arder alrededor de ella, el frío hielo de orgullo se derritió y su corazón se llenó de arrepentimiento, y pensó: “Si tan sólo pudiera confesar que abrí la puerta antes de mi muerte”. Entonces su voz le fue devuelta y ella gritó: “Sí, María, lo hice”, y una fuerte lluvia cayó del cielo y extinguió las llamas de la hoguera, y una luz la iluminó desde las alturas. La Virgen María bajó con los dos pequeños niños a su lado y la recién nacida en sus brazos. Le habló amablemente a la reina diciéndole: “Aquel que se arrepiente de su pecado y lo reconoce, es perdonado”. Entonces le dio a sus tres niños, le devolvió el habla y le garantizó la felicidad por toda su vida entera.

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